martes, 16 de julio de 2013

Los consejos de Anna Cebolla

 
 
A Enrique Hidalgo, por su eterno buen humor. 
 

Hoy es un martes lluvioso, como tantos otros en esta ciudad olvidada en la que "seis meses llueve y los otros seis hace frio", o al menos, eso dijiste una vez. Desde hace semanas llueve todos los días, y casi todos son iguales: perezosos, fríos y oscuros. Hoy es pronto  (apenas las cinco de la tarde) pero el cielo está lleno de nubes y tampoco hay luz. Si pudiera, me teletransportaría en el espacio y el tiempo y llegaría hasta mi infancia y mi casa para no tener que pensar en nada. Pero sigo aquí atorada en este martes que no tiene nada de particular, salvo que me ubica en un lugar alejado, y sola, y me recuerda a aquel día remoto y triste, en el que habías decidido, irremediablemente, dejar de verme. Por la ventana se filtran las notas de una melodía suave -creo reconocer el sonido de un violín a lo lejos- que avivan mi sensación de soledad y la intensidad de los malos recuerdos.
-Tu príncipe es de pacotilla -Me dice Anna Cebolla mientras apura el último trago de su cerveza y el último bocado de taco.- Quizás mañana cambie de menú y prefiera una hamburguesa con un chocolatito caliente- Dice muy serio (porque Anna Cebolla, en realidad es él, y es poeta, aunque eso no importe ahora), intentando acentuar el tono de la sorna, y sigue escribiendo  como si nada pasara. Estos gestos me hacen mucha gracia, igual que su tono solemne, creo que esa es su intención, arrancarme una sonrisa. Anna Cebolla se ríe de la vida,  y de todo, y eso me agrada.
Yo te sigo evocando en cada gota de lluvia y me pregunto dónde estás, qué estarás haciendo, y todas esas cosas. Tengo que escribir un cuento, pero no puedo trazar ni una línea sobre la hoja en blanco, tal es mi estado de agitación. De repente, parece que lo has inundado todo, como el agua cuando se desborda de los ríos y destroza las ciudades. Intento encontrarte en cada esquina que cruzo, y cuando no te veo, me encojo de hombros como un caracol y me siento diminuta y frágil como los tallos de los árboles tiernos. "Puede que el destino no sea más que el cruce de relojes". El que yo creía mi destino se me escurre entre las yemas de los dedos, el hombre de la lluvia parece haber sido un espejismo que habita en todos y cada uno de los recovecos de mi vida cotidiana. En vez de escribir, me dedico a  abrumar a Anna Cebolla con los detalles de nuestros continuos desencuentros. "Él me ha dicho, y yo le he respondido, ¿por qué hace eso? ¿Por qué, por qué, por qué?..."
-Con todo mi respeto -Replica Anna Cebolla sin apartar la vista del teclado (parece que ella si escribe) y con el mismo tono solemne que aviva mi risa nerviosa y desacraliza el cómico estado de ánimo que me embarga y parece sacado de una novela rusa, continúa, por inercia, el hilo de esta aburrida conversación - Creo que te está domesticando... ¿Es un niño?... A través de sus palabras y de sus gestos me doy cuenta de que me encantan las quimeras y de que jamás te volveré a ver. Sin embargo, hablar de ti te mantiene presente y, de alguna manera, quiero avivar las cenizas de lo nuestro con el viento de las palabras. Me resisto a resignarme a lo inevitable - Si que ha sabido inventarte bien el sentimiento- Sigue diciendo sin abandonar su tarea literaria, con ironía y un notable aburrimiento.-
-Yo le he contestado que me muero de ganas de volverlo a ver... ¿Esperaba esa respuesta?
-No, no la esperaba. - Prosigue, resignada con el mismo tono burlón.
- ¿Y qué esperaba?...- Pregunto con un auténtico desconcierto, con unas verdaderas ansias de conocer la respuesta.-
-Que siguieras esperando.- Habla como si diera por hecho qué él sabe lo que tú piensas (yo realmente lo creo en ese momento). Por su parte, Anna Cebolla no  da importancia a la consistencia de esa frase y de lo que significa para mi. Yo la escucho con los ojos abiertos como platos.
 
Nuestra reunión concluye pasada la medianoche, entonces me doy cuenta del rato que hemos estado (tu y yo) intercambiando mensajes, quimeras y soledades. Un pase de "verónicas taurinas" como bien ha descrito mi amiga Cebolla. Siento un extraño calor en las mejillas y en los ojos, es una noche oscura, sin estrellas, en el suelo todavía quedan gotas de lluvia, mi pecho está lleno de interrogantes, ansias y desconciertos. Arrastrando los pies me dirijo hacia mi casa, mi corazón late con furia, mientras intento acallar el grito de mis entrañas. Abro la puerta suavemente, intentando alargar ese breve instante, con la esperanza irracional de que aparezcas misteriosamente entre las tinieblas como lo hiciste aquel día.  Cuando la puerta está abierta, la realidad estalla ante mi cara como un petardo y me doy cuenta de que es demasiado tarde para que me vengas a buscar, y de que jamás volveré a verte, ¿cuál  de todas fue la tarde lluviosa en la que decidiste, irremediablemente, dejar de verme? "Lástima, Margarito", me digo, y me duermo muy fuerte, cumpliendo mi deseo desesperado de evadirme por un momento de los hechos que están ocurriendo en este plano de la existencia, y que tan poco se ajustan a mis deseos inmediatos.
Contra todo pronóstico, la mañana siguiente amanece un día soleado y cálido de primavera. "A veces basta con que vuelva a salir el sol". Me vuelvo a reunir con Anna Cebolla, tengo una necesidad imperiosa de reanudar el quimérico debate sobre ti, quiero mantenerte a mi lado.
- Mi querida señora del pijama, y de la triste figura, escritora escasa, y más escasa todavía: su príncipe es un pendejo que mezcla el tocino con la velocidad... Y usted, ya empieza a cansarme.
Yo me río nerviosamente, pero la acaricio con los ojos, tiene razón: estoy siendo inmensamente agotadora e intensa. Tomo café suavemente e intento desviar mis pensamientos hacia otro lugar. De repente, las nubes lo inundan todo y empieza a llover con una furia inusitada.
- Zeus está enojado... -Dice Anna Cebolla, y no concluye la frase.
Yo sé que nadie está enojado, me acuerdo de que no es lluvia y de que son lágrimas, pero no digo nada. Nuestra conversación hoy va sobre el amor (en abstracto) y sobre las relaciones de poder que se establecen a partir del sexo. Saco los recuerdos que llevo dentro del bolso, los deposito en la palma de la mano y suavemente soplo sobre ellos como si fueran algodón, veo como se pierden en el aire primero, y se diluyen en la riada después. Un relámpago ilumina la temprana oscuridad del día y me parece que es un buen augurio, "ya está", me digo, sonrío levemente al observar como transcurre el agua por la carretera. Cuando salimos de la cafetería ha dejado de llover, un taxista pasa como un rayo y deposita una cantidad de agua considerable encima de mi. "¡Me cago en la puta que parió a tu madre!" exclamo  cerrando los puños y elevándolos en señal de protesta. Después, visiblemente empapada, me meto en otro café, me quito las botas, empiezo a llenarme de nicotina, y voy tecleando las letras que constituyen el tejido de  este pobre relato desengañado. También lo voy a dejar ir con la riada. Ahora ya no es mío, es vuestro.

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